Rodrigo Castillo, el narcotraficante que descubrió a Patricia Teherán




No resulta extraño, por tanto, que en el pueblo de Juan Gossaín estén disgustados con la telenovela de Caracol, Tarde lo conocí. No solo aseguran que Patricia Teherán nació en el corregimiento Caño Grande del municipio y no en Cartagena de Indias, sino que fue Rodrigo Castillo, llorado narco de San Bernardo del Viento, quien la lanzó al estrellato. Y sienten que la producción mancilla su memoria y no refleja con fidelidad el papel que jugó en la corta y fructífera carrera musical de la popular cantante vallenata. 



El recuerdo del capo mafioso que corre por las calles del pueblo poco tiene que ver con el tráfico de drogas e historias criminales. A Rodrigo lo rememoran como un ser humano extraordinario, de gran corazón y carisma, siempre dispuesto a ayudar al más necesitado. Lo de su pertenencia a la mafia es un aspecto al que no conceden relevancia. 



“Iba a Moñitos, a isla Fuerte, aquí en Viento, y cualquiera que le pedía ayuda se la daba. Cada vez que venía al pueblo se organizaba una manifestación, todos iban a su alrededor, la gente lo protegía porque era humilde, colaborador, sencillo, elegante, bien parecido, sabía tratar al de arriba y al de abajo”, asegura un habitante del barrio Rodrigo Castillo, bautizado en su honor porque lo fundaron en terrenos que él regaló a la orilla de un brazo del río Sinú. “Nunca desamparaba a nadie”.

La madre de Rodrigo, asesinado en noviembre de 1996 en Medellín, reside en Viento, como llaman a San Bernardo los nativos, en el edificio de nombre Castillo, construido por el narcotraficante, si bien no alcanzó a terminarlo. Por las tardes se sienta en el antejardín de su apartamento para tomar el fresco y entretenerse con quien pase por la calle. Suspira y con un deje de tristeza y voz apenas audible, admite que cada día lamenta el asesinato no solo del mayor de sus cinco hijos, sino de los otros dos varones, también metidos en el narcotráfico. Lucho, primer alcalde electo de San Bernardo, fue tiroteado cerca de Montería, y a Toño, el menor, lo asesinaron en Honduras. 

La mujer omite la referencia a un nieto, Luis Alberto, hijo de Lucho, al que segaron la vida en un billar de Lorica en el 2006, municipio limítrofe. Un vecino contó a este diario que le gustaba asesinar a cara descubierta para que todos supieran quién era el duro y en una pelea lo mataron a bala. Pero ni siquiera las andanzas del sobrino salpicaron la memoria de Rodrigo. 

“Los 25 de diciembre traía dos mulas completas de juguetes para regalar”, apunta uno de sus conterráneos con admiración. “Gracias a él, las alcaldías de la zona se vieron obligadas a organizar fiestas gratis para la gente. Antes solo tocaban los mejores conjuntos en las parrandas de los ricos, y él fue el primero que los trajo para todo el mundo. Rodrigo decía que los ricos eran humillativos, que solo la diversión era para ellos. Y ya no les quedó de otra a los alcaldes que seguir haciéndolo”, comenta un mesero.

Él ponía alcaldes, prestaba maquinaria para abrir trochas y arreglarlas, decidía todo, era un patrón muy querido”, agrega un comerciante. Además de conseguir la alcaldía para su hermano Lucho, del que todo el mundo habla pestes por patán y avaro, los Castillo impusieron con su dinero a otros dos alcaldes.

"Presentó a Patricia Teherán a Poncho Zuleta porque estaba perdidamente enamorado de ella. Lo triste es que la conoció cuando ya estaba casado y con hijos"

Rememora un lugareño que trabajó con Rodrigo por más de tres años. “Yo lo conocí muy bien, caminé con él por todos estos pueblos”. 

Su afán por agradar y ganarse a su pueblo, por dar pasos cada día más llamativos, lo puso en el radar de la Fiscalía. En julio de 1996 financió toda una semana de fiestas en San Bernardo con los mejores conjuntos vallenatos del momento. El propio Rodrigo entregaba canastas de ron desde la tarima. “Uno no gastó un solo peso, fue espectacular. Pero eso lo hundió porque las autoridades de fuera empezaron a preguntar de dónde sacaba tanta plata”.

Cuando lo mataron solo tenía 36 años. Su esposa decidió enterrarlo en Medellín y a los pocos días, sus paisanos celebraron en San Bernardo un sepelio simbólico en el parque principal para honrarlo. “Salió todo el pueblo porque todos lo queríamos”, asegura su antiguo trabajador.

Las tempranas muertes violentas de los Castillo no sirvieron de argumento preventivo para los jóvenes de los municipios costaneros. Ser campanero (o poste, como también les dicen), primer eslabón en la cadena de la banda, es más fácil que otros trabajos y la escasa preparación académica les impide tener grandes aspiraciones de un empleo formal y bien pago. En San Antero, por ejemplo, solo el 38 % de los jóvenes estudian bachillerato, según la Secretaria de Educación. El caldo de cultivo es infinito.

SALUD HERNÁNDEZ-MORA
EL TIEMPO

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